viernes, 27 de marzo de 2020

Era una tarde cualquiera

Era una tarde cualquiera. Ella aseguraba que de tan solo pensarle o estar a pocas cuadras de llegar donde él estaba, era capaz de sentir mariposas en el estómago.

Sus actos eran basados siempre en hacerlo feliz a él, no se comía la última galleta pensando que a él también le gustaría disfrutar de ese momento. Escogía comprar la galleta de chocolate sólo porque sabía que a él le gustaría más esa, que la galleta de fresa que era la que le gustaba a ella.

Ella prefería escoger la película de terror que a él le gustaba, en lugar de escoger la película romántica que moría por ver a su lado.

Estaba siempre pensando en los minutos que faltaban para volver a verlo, en estar de nuevo con él para contarle lo bueno o lo malo que le había ido en su día de trabajo. Para abrazarle y besarle como no se cansaba de hacerlo.

Al saber que en pocos minutos se quedarían solos en el mismo cuarto, ella comenzaba a sudar y temblar de emoción y ansiedad, pues en breve compartiría de la intimidad con él como nunca lo había sentido con nadie. En esos momentos con él, siempre ella estaba por encima de todo. Él se aseguraba de hacerla sentir como una reina, aunque esto sonara a fantasía. Él estaba dispuesto a esperar meses y meses hasta que ella se sintiera en confianza para dejarlo dar un paso más.

No importaban los colores, no importaban las luces, no importaba el dinero gastado para contar con esa intimidad. No importaban los riesgos tomados. No importaba si hacía sol o si había estrellas. No importaba si hacía frío o si hacía calor.

No importaba si había música o silencio. No importaba si al día siguiente había clases o examen o si era domingo. No importaba si había preservativo o no.

Con él todo era perfecto. Con el no hacía falta más nada. Con él no existían ni los buenos ni los malos. Con él, no importaba si había luz o no. Con él, ella tenía un boleto asegurado a la luna; un boleto que nunca nadie le había siquiera asomado antes.

Con él no existía más nadie bailando en la pista. Con él no existía religión ni credo, no existían las buenas ni las malas costumbres.

Con él, ella era inmensamente feliz.



domingo, 1 de marzo de 2020

Quiero volver al paraíso


Hace unos años tuve la maravillosa oportunidad de ir con hospedaje y pasaje de avión incluidos al archipiélago de Los Roques. Me gané el pasaje y el hospedaje por hacer un trabajo estadístico que no me correspondía, sin pedir nada a cambio ni protestar. Para mi sorpresa, me quisieron retribuir mi disposición y mi esfuerzo. Resulta que al que le hice el trabajo, conocía y tenía buenas relaciones con uno de los dueños de una de las posadas de por allá y también ofrecía los pasajes. Sólo me pusieron como restricción ir y venir días diferentes a viernes y domingo para no ocupar el puesto del avión en esos días críticos para la venta de pasajes. Por lo que me fui un jueves y me regresé un lunes con la complicidad del jefe.

Desde el comienzo del viaje me imaginé que conocería un hermoso lugar, pero nunca pensé que sería así de mágico. Disfruté como nunca, conocí en pocos días lugares maravillosos que ofrece mi país. Pero ese viaje, por ser el primero, transcurrió muy rápido y no lo disfruté como hubiera querido.

Hace ya casi un año, mi esposo me regaló por nuestro décimo aniversario de matrimonio, una nueva aventura a la maravillosa isla de Los Roques. Me entregó una tarjeta que contenía los datos del vuelo de salida y de llegada y el lugar donde nos quedaríamos, el cual incluía todas las comidas. Mi emoción fue desbordante.

Desde que salimos del aeropuerto de Maiquetía comenzó la adrenalina, pues al llegar a la aeronave que nos llevaría al archipiélago, nos daban la opción de escoger los puestos y logramos sentarnos detrás de los mismísimos pilotos. Fuimos detrás de los controles, viendo todo el proceso desde la preparación del vuelo hasta el aterrizaje. Estábamos nerviosos, pero fue alucinante tener puestos VIP en el avión. Además sentimos mucha seguridad por el manejo de los pilotos, sabían perfectamente lo que hacían y podría apostar que con los ojos cerrados podían hacer bien todo el proceso de nuevo.

Al llegar a la isla principal, el Gran Roque, ya nos comenzamos a deleitar con los hermosos colores que ofrece la isla. Cuando comienzas a ver esos colores desde la ventanilla del avión, se te eriza la piel y sientes la magia del lugar.

Debo decir que la posada nos trató de maravilla, pues nos buscó en la pista de aterrizaje y nos recibió desde la mañana en sus instalaciones y nos ofreció todas las comidas, aun cuando el check in normalmente es a las 2 pm. La atención del personal de la posada fue de lujo, muy amables desde que llegamos hasta que nos fuimos, incluso el día de salida también nos dieron desayuno y almuerzo con snacks y bebidas incluidas. Se esmeraban para que volvieras a contactarlos en un próximo viaje y los recomendaras, por eso no les importaba ofrecer sus servicios de la mejor manera posible. La posada se llama Natura Viva, una belleza de lugar.

Los lancheros también fueron muy cordiales y simpáticos, nos entendían perfectamente lo que queríamos. Les pedimos que en ese viaje queríamos privacidad, paz, relajación, y nos llevaron a los cayos perfectos para lograr eso, en uno de los cayos estuvimos completamente solos, en el resto de los cayos habían 3 o 4 parejas, igual se respiraba mucha paz y serenidad. Nadie estaba pendiente de lo que hacías o dejabas de hacer, nadie te veía, cada quien en lo suyo, en su mundo, en su paraíso.

El día que estuvimos solos en uno de los cayos me sentí totalmente libre, libre de responsabilidades, libre de problemas, libre de deudas, libre de trabajo, no tenía que preocuparme por hacer la comida, no habían preocupaciones por mostrar esos kilos de más, no tenía que cuidar a los niños, no tenía que cumplir un horario de trabajo, no tenía que justificar lo que estaba haciendo ni dar explicaciones, simplemente hacía lo que quería, me bañaba en esa hermosísima claridad de agua, me acostaba en la suave y fría arena, paseaba por la orilla, incluso pude bañarme sin la parte de arriba del traje de baño, feliz, libre, llena de paz. Nunca olvidaré ese día.

En uno de los cayos, la arena era fría, de corales partidos, blanquita con tonos rosados, era hermosa, era muy relajante caminar por la orilla. En otro de los cayos podías hacer snorkel y ver diversidad de peces, incluso los sentías y veías alrededor de tus pies. En otro de los cayos daban cursos de Kitesurf, ese día habían unos españoles “flipando” por lo que estaban viviendo.

Todas las noches volvía a la posada feliz y recargada. Y de paso, luego de un hermoso día, nos recibían con una merienda especial: empanaditas, tequeños, cremitas de untar.

Si los extranjeros supieran lo mágico del lugar, si supieran lo que se siente estar en ese maravilloso paraíso, no les importaría repetir su destino de vacaciones, irían cada vez que pueden. No he visitado un lugar donde haya sentido lo mismo que allá en Los Roques. La vida me ha dado la gran oportunidad de ir a varios lugares, visité la Torre Eiffel, el puerto viejo de Montreal, Venecia, La Gran Vía de Madrid y ninguno de esos momentos se compara a lo que llegué a sentir en ese mágico viaje (aunque muy corto para mi gusto).

Ese viaje fue costoso, pero hay opciones más económicas y el dinero viene y se va, pero esos hermosos recuerdos quedan para siempre en tu mente y en tu corazón. Disfruten de los maravillosos destinos que tenemos en nuestro país, son invaluables, somos muy afortunados de tenerlos tan cerca.

Ya quiero volver a ese hermoso paraíso.