jueves, 26 de septiembre de 2019

Inicio de actividades escolares


Comienzan las actividades escolares y con ellas también las carreras, los gastos en uniforme, la paridera para cubrir la interminable lista de los útiles escolares, la desconfianza de dejarle tu hijo a una maestra que no conoces, las lágrimas de los más chiquitos por separarse de mamá o de abuela para estar con otros niños que lloran y también están en crisis por la separación, las lágrimas y angustia de mamá por dejar a su bebé tan chiquito en un lugar distinto a sus brazos.


Para muchos será una tontería o incluso pensarán que exagero, pero no, la verdad es que es muy difícil el comienzo de clases para una mamá y más aún si se trata de un bebé de 2 años o menos. No pueden olvidar que ese bebé estuvo 9 meses en el vientre de esa mamá, que no conocía otra cosa que los latidos y la voz de mamá. Que la única que realmente podía sentir a ese bebé a plenitud era la mamá. Que una vez que nace, quien suele atenderlo y entenderlo es mamá. Que mamá viene de dedicarse a ese bebé 24 horas al día, 7 días a la semana.

Y que aunque la vida suele irte preparando poco a poco para los cambios, aún, luego de estar ese bebé por más de un año con su abuela o alguien de confianza por unas horas, esa separación es muy difícil de llevar. Peor es cuando esa escuela no fomenta el período de adaptación para ese niño tan pequeño y tiene el horario como el resto de los niños de la escuela; no permite el acceso de la madre hasta el salón donde estará el bebé para que se vaya adaptando poco a poco, día a día; arrastra al niño aun llorando por la separación y lo lleva a la fuerza al salón; no permite el acceso al parque a esos niños, para que se distraigan mientras mamá se va distanciando del lugar poco a poco.

Es un proceso en el que deben participar todos, en el que deben ceder todos. Mamá debe comenzar a sentir confianza y transmitírsela a su hijo, el niño (o la niña) debe poco a poco ir entendiendo que ese será un lugar bonito donde aprenderá muchas cosas nuevas y compartirá y jugará con otros de su edad, pero también, la maestra y la escuela debe ceder cuotas de control y permitir a ambos a ir adaptándose a esos nuevos cambios radicales que se presentan en sus vidas.

Que distinto fuera si las maestras, en lugar de recibir a los niños con jalones, fuerza y mal humor, los recibiera cantando canciones lindas en el salón, o los recibiera en el parque que tanto les gusta a los más chiquitos sólo por 15 minutos mientras se les olvida que mamá ya no estará presente por unas horas, o los recibiera con juegos dinámicos de correr o esconderse, o los recibiera con un jugo o caramelo en esos primeros días tan difíciles. O que le entregue al llegar su juguete favorito.

Estas cosas me hacen pensar en una idea loca, muy loca, en las ganas de querer montar un maternal y preescolar donde ningún niño o niña llore al llegar y que al contrario deseen asistir. En crear un lugar en el que los niños más pequeños jueguen y se diviertan y se encuentren muy felices a la hora de llegar mamá a buscarlo. En crear un lugar donde todos los niños coman sabroso y con muchas ganas porque la comida tiene dibujitos o colores llamativos para ellos. En un lugar donde los papás deseen quedarse, pero no para ver a su niño llorando sino para verlo feliz, muy feliz y se vayan con el corazón alegre e inspirado. 

Un espacio de cuidados y aprendizaje en el que las listas de útiles contengan juguetes, globos, cuentos, colores, dulces y calcomanías de caritas felices en lugar de una resma de papel. Un lugar en el que las canciones les enseñen y sustituyan lo que contiene un libro aburrido para ellos. Un lugar en el que no se envíe nunca una tarea para la casa, pues en la casa debe dedicarse a compartir y jugar con sus padres. 

Un lugar como este, no hará más que sembrar en esos niños la felicidad y la fuerza que va a necesitar cuando sea mayor y tenga que asumir responsabilidades. Ese lugar fomentará los valores que esos niños necesitan para tener un mundo mejor. De ese lugar, no saldrán niños egoístas o agresivos, pues eso irá en contra de todo lo que practicarán allí. 

Sé que esto no sería nada fácil de crearlo y no es mi carrera, pero me lo voy a pensar en serio. 

¿Ustedes inscribirían a su niñ@ allí?




lunes, 23 de septiembre de 2019

Perder las esperanzas

En los últimos meses he tenido que respirar mucho para no hundirme o rendirme. En algunas ocasiones he sentido ganas de dejarlo todo, de abandonar el camino y tan solo recostarme en la arena en el medio de la orilla de alguna playa. Desconectarme de todos los problemas y responsabilidades, de todo lo que me ha pasado y de lo que está por pasar. 

A veces siento que nada vale la pena, que los esfuerzos que hago no son vistos por nadie, que no son ni serán recompensados nunca por la vida misma. A veces siento que pierdo mi tiempo haciendo algunas cosas para los demás o dedicándoles demasiado mi tiempo a otros que no reservan ni diez minutos para escucharme. A veces siento que las horas extras que trabajo y que no son remuneradas, son sólo desgaste adicional que no es valorado.

Veo la comodidad en la que viven algunos, los gustos que pueden darse y que a mí me cuesta meses de ahorro, las propiedades que tienen y en muchos casos sin trabajar para eso y entonces me pregunto: por qué el mundo tiene que ser tan injusto y por qué tiene que existir tanta desigualdad entre unos seres que nacen, respiran, digieren, caminan, orinan y mueren igual.

Ver la injusticia que algunos tenemos que vivir en ciertos aspectos mientras que otros ni se acercan a algo similar, ver todo lo que me cuesta a veces poder comprarme un helado un viernes por la tarde para endulzarme y liberarme un poco del cansancio que trajo una semana de trabajo fuerte. Ver lo que me cuesta comprar los útiles escolares de las largas listas de las escuelas de mis niños; ver lo difícil que es para mí, sacar de mi sueldo para comer en familia pizza o hamburguesa un sábado en la calle.

Ver todo esto, me hace caer en un foso del que es difícil salir, me hace a veces perder las esperanzas de que todo puede cambiar y que ya vendrán cosas mejores.

Pero entonces recapacito y comienzo a pensar que si no se tienen esperanzas, ya no existe razón para vivir. La esperanza es lo que mueve a la gente, es lo que mueve al mundo.

Así que entonces comienzo a pensar en todos aquellos que están mucho peor que yo, en esos que no pueden comprar no sólo un helado, sino que no pueden comprar la harina de maíz para hacer las arepas, pienso en que el instituto en el que trabajo me da tres pollos mensuales, pero que hay quienes comen un pollo cada dos meses porque el sueldo no les alcanza para más.

Pienso también en los que no pueden trabajar porque sufrieron alguna discapacidad que les restringe ganar algo de dinero para sustentar su hogar. Pienso entonces que al menos logré conseguir un cupo en escuelas públicas para cada uno de mis niños y que aunque la lista de útiles es larga, no me piden cancelar una mensualidad que el año pasado me tenía arruinada.

Y si sigo pensando, los casos son muchos.

Entonces sigo, sin perder la esperanza que mueve las ganas de seguir intentando un futuro mejor y de seguir haciendo las cosas bien aunque no te recompensen como quisieras.

A seguir luchando por conseguir mejores condiciones de vida; que la ACTITUD lo es TODO.


viernes, 13 de septiembre de 2019

Playas que regeneran


Recuerdo que desde niña mis padres siempre me llevaron mucho a las hermosas playas de mi país.

Íbamos a una casa en Río Chico todos los primos, tíos y abuelos por parte de mamá, era una casa propiedad de mi abuelo materno. Recuerdo que íbamos todos a la playa, éramos como 20 personas entre niños y adultos; la casa quedaba a 3 minutos en carro, y nos íbamos en caravana todos apuñuñados. Desde hace más de 20 años que ya no voy, pero recuerdo la casa como si hubiera ido en semana santa pasada. Recuerdo cómo nos comían los zancudos a toda hora. Recuerdo a toda la muchachera corriendo por el patio de la casa jugando a la ere y a las escondidas.

Íbamos mucho también a Macuto, en La Guaira. Allí teníamos un apartamento de la familia al que llegamos a ir cada quince días. Mis papás lo mantenían al día. En ese edificio viví momentos importantes, allí conocí grandes amigos, algunos que perdí con el tiempo, otros que perdí con la distancia y otros que perdí por su desalojo luego de la tragedia de 1998, desde esa fecha no supe más de ellos. 

En ese edificio pasé varios Carnavales y Semana Santa. En la piscina, en el apartamento, en el de algún vecino y en las playas de La Guaira. Jugábamos con bombitas de agua, jugábamos mucho al detective o Clue, también Monopolio, cartas Uno, Policía y Ladrón con cartas, Rummy, Caída, Truco, el escondite, clavados en la piscina y otros que ya ni recuerdo. Nos partimos los dientes, nos dimos golpes en la cabeza, nos perseguimos, nos abrazamos, y algunos nos besamos. Era una época bonita que vivía en “la casa de la playa”.

Allí tuve mi primer novio, allí me enamoré por primera vez. Allí también me desilusioné por primera vez. Veíamos los parapentes pasar por encima del edificio, se lanzaban desde la montaña que quedaba detrás del edificio, a poca distancia de allí. Al frente había canchas de tenis, un estadio de fútbol y uno de béisbol. Cuando nos cansábamos de los espacios del edificio, íbamos a sudar para allá o a caminar por el malecón que estaba a sólo cruzar la calle.

Íbamos también a Margarita, cada vez que la familia de mi papá iba a pasar fin de año por allá o cuando mis padres querían ir a una playa distinta. Íbamos por ferry, con carro o sin carro, incluso una vez fuimos con carro prestado. Siempre visitábamos playa el agua y estábamos todo el día hasta que llegaba el atardecer y con él los gegenes de los que huíamos para salir lo más ilesos posible. Recuerdo que un 31 de diciembre casi nos agarra el fin de año en la carretera, porque esa noche me marié en el carro pasando por Juangriego y vomité. Llegamos a la casa de mis tíos a 5 pa’ las 12 como dice la canción.

Siempre fui de ir mucho a la playa. Ya como esposa y madre no podía ser distinto. Cada vez que siento que necesito respirar, renovarme y recargarme de energía, vamos a la playa. Estar en la orilla es lo que muchas veces mi cuerpo necesita para pensar y seguir adelante. Ese sol, que aunque quema la piel y puede llegar a insolarte, te da vida con su calor y su roce. Que aunque está a millones de kilómetros de distancia, lo sientes cerca, muy cerca. Las olas, que con su sonido te relajan y calman, te llenan de paz. La inmensidad del mar que te demuestra su poder y su autoridad frente a los que creemos que mandamos en el planeta, que te demuestra lo ínfimos que somos. La arena que puede ser de tonos marrones o blancos, puede ser fría o caliente, que aun cuando son partículas minúsculas, puede llegar a relajarte como ninguna otra cosa y logra conectarte con el suelo y con las maravillas de la tierra. Los pájaros, los cangrejos, los pescados y las lanchas que adornan el paisaje y lo hacen perfecto.

El mar del Caribe y su entorno son sinónimo de armonía, de paz y serenidad, aun cuando las olas te muevan constantemente. El mar da vitalidad, el mar refresca hasta el último cabello de tu cuerpo. Y tenemos un privilegio enorme al poder contar con una larga costa de mar tibio la mayor parte del año y con matices hermosos. Tenemos diversas playas para escoger, dependiendo del tiempo que tengamos para disfrutarlas.

La playa para mí es un lugar sagrado al que siempre necesito acudir. A veces se me hace largo el tiempo que pasa entre un día de playa y otro. La verdad es que quisiera ir con mayor frecuencia a la playa, claro, con niños todo se hace un poco más complicado de coordinar. En agosto del año pasado, logramos ir a Margarita y a Coche por una semana, en un paquete bueno que conseguimos, la pasamos sabroso. En mayo de este año tuvimos la extraordinaria oportunidad de estar 4 días en Los Roques, un verdadero paraíso terrenal. Fuimos de aniversario mi esposo y yo. Fue hermoso e inolvidable. Usamos los ahorros para pagarlo, pero la desconexión y privacidad que tuvimos esos días es invaluable. Hace un mes fuimos 4 días a Morrocoy, cayos hermosos que quedan a 4 horas de Caracas en carro. Y también visitamos las playas de La Guaira cuando tenemos un solo día para disfrutar.

Hace un tiempo intentaron frustrarme esa sensación de paz que lograba conseguir frente al mar, por poco me dejo robar. Pero entonces me di cuenta que lo que querían era derrumbarme, querían quitarme mi felicidad y mi paz, esa que no todos la consiguen y que no se puede comprar en la farmacia de la esquina. Comprendí que quien andaba en eso, actuaba de manera planificada y con toda intensión. Entonces aprendí a retomar mi rumbo y a no dejarme vencer por seres inferiores. Inferiores porque no son capaces de trabajar para obtener su propia cosecha, sino que siempre intentan conseguir lo que quieren robándole la cosecha al vecino.

No permitas que venga alguien a quitarte lo que es tuyo y que lo ha sido por años, lucha por conservar tus momentos felices y por seguir multiplicándolos. Yo seguiré disfrutando de mis días de playa con mi familia, de los mejores momentos de mi vida.



viernes, 6 de septiembre de 2019

Presiones laborales


Es fácil decirle a una amiga que tenga fuerzas para pasar un mal momento, es fácil, desde el otro lado del vidrio, decirle a alguien que la tormenta pasará, lo difícil es ser quien tiene que serenarse, tener paciencia y ser perseverante para vencer esos retos que nos pone la vida.

Particularmente, nunca pensé que me tocaría tan difícil en este momento de mi vida.

La presión laboral y responsabilidad que tengo actualmente es muy fuerte, aun cuando podría decir que yo misma me la busqué, pues le demostré con hechos a mi jefe que me apasiona el trabajo que hago.

Es por esto que me asignó trabajos que otros debían hacer, me pidió mejorar las presentaciones que le entregaban sus gerentes, me pidió estadísticas que reflejaran el desempeño de mis compañeros de trabajo para él tomar decisiones importantes, me dio un cargo de confianza, me permitió asistir a varias reuniones internacionales para aprender de otros estados. Me permitió conocer de cerca el centro de la aviación mundial, la OACI en Montreal, en una época hermosa.

Me reconoció mi actitud y disposición a sacar los trabajos adelante a como diera lugar y en muchos casos sin el apoyo de los informantes. Me ayudó regalándome lo que más puede valorar un estadístico para trabajar: una computadora, me ofreció oportunidades impensables para mi situación, me envió globos a la clínica cuando nació mi bebé.

Y para cerrar con broche de oro, me designó una gran responsabilidad, un proyecto que marcará un hito en la historia del proceso para los trámites que realizan los pilotos, tripulantes de cabina y personal aeronáutico en general, un proyecto que acabará con las pocas oportunidades que tienen algunos corruptos de emitir un documento fraudulento, un proyecto que tiene un módulo donde se desarrolla un sistema que sólo uno o dos estados de la región ha logrado consolidar.

Un proyecto preñado de esperanzas y cosas muy buenas que si logro llevar a su final feliz, figurará con mi nombre para siempre. No es poca cosa. Y para aquellos que pusieron a volar su imaginación con esto que escribí, no, no le entregué más que mi trabajo y dedicación en lo laboral, pero para él era justo lo que buscaba.

Mientras algunos no valoran el trabajo que haces y que puedes llegar a hacer, otros te dicen: “no es necesario ver tu currículum, sé que eres una muy buena profesional”.

Siempre he sido de las lanzadas que deciden preguntarle a su jefe si puede darle un par de días para tomar un descanso necesario para ir a la playa luego de un intenso trabajo. Soy de las que le pregunta a su jefe, con pocas semanas de conocerlo, si puede darle la oportunidad de comprar un pernil a precio de regalo para hacer las hallacas (incluso, nunca me lo quiso cobrar). Soy de las que le habla de frente al jefe, incluso tuteándolo, mientras otros tiemblan o le dicen MI CORONEL, aun cuando ellos no sean militares.

Soy de las que le dice a su nuevo jefe que sí estoy dispuesta a trabajar para su gerencia y me cambiaría de área, pero no desde donde se encuentra su oficina sino desde la sede administrativa que queda más cerca de mi hogar. Soy de las que le dice a su jefe, con estadística en mano, quién trabaja mejor o peor aun cuando eso implique ganarme un enemigo. Soy de las que se ingenia y entrega cosas nuevas sin que se las pida su jefe.

El que no arriesga, no gana. Esa es mi premisa y me ha permitido conseguir muchas cosas.

El proyecto que estoy llevando es muy ambicioso e involucra la participación de muchos actores, todos jefes, incluso algunos de ellos con cargos más altos que el mío, pero por suerte he sabido llevar las cosas y he logrado ya superar más de la mitad del camino. Afortunadamente la empresa que nos está desarrollando el proyecto, es responsable y empuja a cada momento las actividades que se demoran.

Estoy segura que de esta saldré victoriosa y que seré la responsable de haber cerrado una etapa manual en la aeronáutica para abrir otra en la que la tecnología y los trámites electrónicos son el camino exitoso.

Venezuela irá a la vanguardia en el sector aeronáutico en la Región Sudamericana.

Seguimos...