viernes, 13 de septiembre de 2019

Playas que regeneran


Recuerdo que desde niña mis padres siempre me llevaron mucho a las hermosas playas de mi país.

Íbamos a una casa en Río Chico todos los primos, tíos y abuelos por parte de mamá, era una casa propiedad de mi abuelo materno. Recuerdo que íbamos todos a la playa, éramos como 20 personas entre niños y adultos; la casa quedaba a 3 minutos en carro, y nos íbamos en caravana todos apuñuñados. Desde hace más de 20 años que ya no voy, pero recuerdo la casa como si hubiera ido en semana santa pasada. Recuerdo cómo nos comían los zancudos a toda hora. Recuerdo a toda la muchachera corriendo por el patio de la casa jugando a la ere y a las escondidas.

Íbamos mucho también a Macuto, en La Guaira. Allí teníamos un apartamento de la familia al que llegamos a ir cada quince días. Mis papás lo mantenían al día. En ese edificio viví momentos importantes, allí conocí grandes amigos, algunos que perdí con el tiempo, otros que perdí con la distancia y otros que perdí por su desalojo luego de la tragedia de 1998, desde esa fecha no supe más de ellos. 

En ese edificio pasé varios Carnavales y Semana Santa. En la piscina, en el apartamento, en el de algún vecino y en las playas de La Guaira. Jugábamos con bombitas de agua, jugábamos mucho al detective o Clue, también Monopolio, cartas Uno, Policía y Ladrón con cartas, Rummy, Caída, Truco, el escondite, clavados en la piscina y otros que ya ni recuerdo. Nos partimos los dientes, nos dimos golpes en la cabeza, nos perseguimos, nos abrazamos, y algunos nos besamos. Era una época bonita que vivía en “la casa de la playa”.

Allí tuve mi primer novio, allí me enamoré por primera vez. Allí también me desilusioné por primera vez. Veíamos los parapentes pasar por encima del edificio, se lanzaban desde la montaña que quedaba detrás del edificio, a poca distancia de allí. Al frente había canchas de tenis, un estadio de fútbol y uno de béisbol. Cuando nos cansábamos de los espacios del edificio, íbamos a sudar para allá o a caminar por el malecón que estaba a sólo cruzar la calle.

Íbamos también a Margarita, cada vez que la familia de mi papá iba a pasar fin de año por allá o cuando mis padres querían ir a una playa distinta. Íbamos por ferry, con carro o sin carro, incluso una vez fuimos con carro prestado. Siempre visitábamos playa el agua y estábamos todo el día hasta que llegaba el atardecer y con él los gegenes de los que huíamos para salir lo más ilesos posible. Recuerdo que un 31 de diciembre casi nos agarra el fin de año en la carretera, porque esa noche me marié en el carro pasando por Juangriego y vomité. Llegamos a la casa de mis tíos a 5 pa’ las 12 como dice la canción.

Siempre fui de ir mucho a la playa. Ya como esposa y madre no podía ser distinto. Cada vez que siento que necesito respirar, renovarme y recargarme de energía, vamos a la playa. Estar en la orilla es lo que muchas veces mi cuerpo necesita para pensar y seguir adelante. Ese sol, que aunque quema la piel y puede llegar a insolarte, te da vida con su calor y su roce. Que aunque está a millones de kilómetros de distancia, lo sientes cerca, muy cerca. Las olas, que con su sonido te relajan y calman, te llenan de paz. La inmensidad del mar que te demuestra su poder y su autoridad frente a los que creemos que mandamos en el planeta, que te demuestra lo ínfimos que somos. La arena que puede ser de tonos marrones o blancos, puede ser fría o caliente, que aun cuando son partículas minúsculas, puede llegar a relajarte como ninguna otra cosa y logra conectarte con el suelo y con las maravillas de la tierra. Los pájaros, los cangrejos, los pescados y las lanchas que adornan el paisaje y lo hacen perfecto.

El mar del Caribe y su entorno son sinónimo de armonía, de paz y serenidad, aun cuando las olas te muevan constantemente. El mar da vitalidad, el mar refresca hasta el último cabello de tu cuerpo. Y tenemos un privilegio enorme al poder contar con una larga costa de mar tibio la mayor parte del año y con matices hermosos. Tenemos diversas playas para escoger, dependiendo del tiempo que tengamos para disfrutarlas.

La playa para mí es un lugar sagrado al que siempre necesito acudir. A veces se me hace largo el tiempo que pasa entre un día de playa y otro. La verdad es que quisiera ir con mayor frecuencia a la playa, claro, con niños todo se hace un poco más complicado de coordinar. En agosto del año pasado, logramos ir a Margarita y a Coche por una semana, en un paquete bueno que conseguimos, la pasamos sabroso. En mayo de este año tuvimos la extraordinaria oportunidad de estar 4 días en Los Roques, un verdadero paraíso terrenal. Fuimos de aniversario mi esposo y yo. Fue hermoso e inolvidable. Usamos los ahorros para pagarlo, pero la desconexión y privacidad que tuvimos esos días es invaluable. Hace un mes fuimos 4 días a Morrocoy, cayos hermosos que quedan a 4 horas de Caracas en carro. Y también visitamos las playas de La Guaira cuando tenemos un solo día para disfrutar.

Hace un tiempo intentaron frustrarme esa sensación de paz que lograba conseguir frente al mar, por poco me dejo robar. Pero entonces me di cuenta que lo que querían era derrumbarme, querían quitarme mi felicidad y mi paz, esa que no todos la consiguen y que no se puede comprar en la farmacia de la esquina. Comprendí que quien andaba en eso, actuaba de manera planificada y con toda intensión. Entonces aprendí a retomar mi rumbo y a no dejarme vencer por seres inferiores. Inferiores porque no son capaces de trabajar para obtener su propia cosecha, sino que siempre intentan conseguir lo que quieren robándole la cosecha al vecino.

No permitas que venga alguien a quitarte lo que es tuyo y que lo ha sido por años, lucha por conservar tus momentos felices y por seguir multiplicándolos. Yo seguiré disfrutando de mis días de playa con mi familia, de los mejores momentos de mi vida.



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