A veces siento que nada vale la pena, que los esfuerzos que hago no son vistos por nadie, que no son ni serán recompensados nunca por la vida misma. A veces siento que pierdo mi tiempo haciendo algunas cosas para los demás o dedicándoles demasiado mi tiempo a otros que no reservan ni diez minutos para escucharme. A veces siento que las horas extras que trabajo y que no son remuneradas, son sólo desgaste adicional que no es valorado.
Veo la comodidad en la que viven algunos, los gustos que pueden darse y que a mí me cuesta meses de ahorro, las propiedades que tienen y en muchos casos sin trabajar para eso y entonces me pregunto: por qué el mundo tiene que ser tan injusto y por qué tiene que existir tanta desigualdad entre unos seres que nacen, respiran, digieren, caminan, orinan y mueren igual.
Ver la injusticia que algunos tenemos que vivir en ciertos aspectos mientras que otros ni se acercan a algo similar, ver todo lo que me cuesta a veces poder comprarme un helado un viernes por la tarde para endulzarme y liberarme un poco del cansancio que trajo una semana de trabajo fuerte. Ver lo que me cuesta comprar los útiles escolares de las largas listas de las escuelas de mis niños; ver lo difícil que es para mí, sacar de mi sueldo para comer en familia pizza o hamburguesa un sábado en la calle.
Ver todo esto, me hace caer en un foso del que es difícil salir, me hace a veces perder las esperanzas de que todo puede cambiar y que ya vendrán cosas mejores.
Pero entonces recapacito y comienzo a pensar que si no se tienen esperanzas, ya no existe razón para vivir. La esperanza es lo que mueve a la gente, es lo que mueve al mundo.
Así que entonces comienzo a pensar en todos aquellos que están mucho peor que yo, en esos que no pueden comprar no sólo un helado, sino que no pueden comprar la harina de maíz para hacer las arepas, pienso en que el instituto en el que trabajo me da tres pollos mensuales, pero que hay quienes comen un pollo cada dos meses porque el sueldo no les alcanza para más.
Pienso también en los que no pueden trabajar porque sufrieron alguna discapacidad que les restringe ganar algo de dinero para sustentar su hogar. Pienso entonces que al menos logré conseguir un cupo en escuelas públicas para cada uno de mis niños y que aunque la lista de útiles es larga, no me piden cancelar una mensualidad que el año pasado me tenía arruinada.
Y si sigo pensando, los casos son muchos.
Entonces sigo, sin perder la esperanza que mueve las ganas de seguir intentando un futuro mejor y de seguir haciendo las cosas bien aunque no te recompensen como quisieras.


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